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Jacinto Lara

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Desde Occidente se revelará Oriente. Jacinto Lara.
Nunca es fácil acercarse a la obra de un artista contemporáneo, de nuestro tiempo, dirían y dicen muchos.
Pero, ¿a qué se debe semejante impostura?
Planteado en esos términos, ¿debe de ser difícil mirar, para poder disfrutar de la experiencia?
Tiempos difíciles, veloces, en los que nuestra mirada es sometida a los horrores más violentos e intencionados. Direcciones prejuiciosas, aviesas y sobrecargadas que responden, como casi todo, al vil metal.
¿Acaso no hay posibilidad de un diálogo más directo, fácil, abierto y fecundo; libre de aquellas intenciones?
¿Realmente se hacen necesarias tantas palabras, tantos discursos, tanta literatura en definitiva, para poder aprehender lo que una obra nos mueve por dentro?
No, en absoluto. Eso es otra historia.
Del mismo modo que resulta necesaria, la Historia debe cuestionarse igualmente.
El concepto de artista también ha de replantearse, los verdaderos artistas desde luego nunca dejaron de hacerlo.
Jacinto Lara nunca ha dejado de hacerlo, de reinventarse, de apostar por un camino libre de apegos y tendencias, modas y otras zarandajas.
Es sintomático que Jacinto se haya negado siempre a explicar su obra, por la sencilla razón de que las cuestiones que realmente importan se encuentran en ella, como ha declarado en muchas ocasiones: son lenguajes diferentes.
A Jacinto siempre le interesó el conocimiento de todos los lenguajes plásticos, experimentó con cada uno de ellos y desarrolló al tiempo un estilo particular.
Un estilo, cuyos rasgos precisamente derivan del juego de unos con los otros. La gráfica, el grabado, la escultura o el art-paper, se pusieron al servicio de la pintura, de un tratamiento gestual o pictórico, puesto que Jacinto Lara siempre se ha considerado pintor.
Su trayectoria pictórica devino en una suerte de abstracción que nunca olvidó los surcos figurativos y narrativos experimentados en sus inicios. La abstracción no abandonó el trazo, la línea o el gesto, si bien al contrario, la hizo suya hasta formar parte de su estructura compositiva.
Composiciones ordenadas y geométricas, sí; pero donde confluyen y ocurren otras cosas, que hacen tambalear tales planteamientos. Siempre hay algo que nos punza, que desgarra desde dentro el tejido narrativo y el discurso disfrazado de aparente estabilidad.
El artificio, la construcción simbólica, nos es mostrado desnudo y en diferentes niveles, ya sea mediante series de cuadros, o mediante capas, en el mismo seno del cuadro.
Capas donde la mancha y el color se superpone y transforma, así como el trazo que lo dibuja, en aparente armonía y férrea arquitectura estructural.
Por otro lado, junto a la profundidad de aquellos niveles, por donde se extiende la densidad extrema del gesto velado del pincel, convive la fijeza de la línea, cuyo recorrido será respetado sin la invasión del color.
Sin embargo, el juego no se detiene en esos términos, los planos deudores de dichos niveles o capas, como ocurre con los surcos y gestos del pincel, no son estables, no están quietos.
En muchas ocasiones, la mirada no es capaz de ubicarlos antes o detrás, como la figura o el fondo. El juego de contrarios nos resulta revelado de este modo, con una capacidad de convivencia realmente significativa.
Pintura que cuestiona su posición, que se revela sobre sí misma y se rebela frente al mundo referencial, que ha traspasado sus límites bidimensionales, que se mueve y no termina de replantearse, a pesar de su -como no paramos de repetir- aparente quietud y fijeza, cuando Jacinto extiende sus desarrollos en series de cuadros sobre un mismo pretexto o tema, o va mucho más allá en su discurso al establecerse en obra gráfica, art-paper y en escultura.
Si miramos con atención cualquiera de sus esculturas reconoceremos aquel discurso. Si nos detenemos en su forma advertiremos geometría y rigidez, si nos dejamos llevar por sus líneas, por las direcciones que nos sugieren, apreciaremos el movimiento contenido que revelara el enfrentamiento pictórico entre contrarios, figura y fondo, esta vez entre volumen y vacío.
Los mecanismos de la Percepción, la gestalt y las leyes de la buena forma, así como los propios del Lenguaje, como generador de signos y de códigos, son transitados, entrelazados y sometidos a un enfrentamiento con la materia informe (con lo real, con lo que se resiste a conformarse y ser expresado), y más allá, con el vacío de lo que antaño estuvo cubierto, lleno o tapado.
Desde Occidente se revelará Oriente. La sombra no conseguirá ocultar el color. Todo nos es mostrado, nada nos resultará ajeno. Las alambradas de la razón serán explícitas, del mismo modo que la extrema emergencia de su objeto. La obra de Jacinto nos moverá en un viaje de ida y vuelta, del vacío a la nada y de la nada al vacío. Y será en las detenciones de ese camino donde comprendamos que a pesar de todo nunca seremos los mismos.
Sin embargo, llama la atención que Jacinto Lara siga sosteniendo sobre su pintura, sobre sí mismo:
el discurso
nunca ha cambiado,
sigue siendo,
es el mismo.
Al fin y al cabo, la obra se dirigirá hacia nosotros. Si nos dejamos seducir, siempre nos interrogará desde sí misma, puesto que lo demás son tan sólo palabras.
Javier Lara.
10 de enero de 2016.

Jacinto Lara

Fernán Núñez (Córdoba),